La historia de este jardín escoltado por la sierra de Gredos comenzó en un país lejano, Irán, al sur de Asia, al que la paisajista Bárbara Saavedra viajó junto a un grupo de apasionados por el mundo botánico para hacer una ruta por los más bellos jardines persas. Regresó a Madrid cargada de inspiración y, poco después, le contactó un matrimonio madrileño, que estaba entre los viajeros, para pedirle ayuda en la realización de un sueño.

Querían convertir el cuidado huerto que tenían en una casa familiar, su segunda residencia cerca de Sotillo de la Adrada (Ávila), en un jardín evocador de las maravillas que habían visto en Irán para disfrutarlo en familia durante todo el año. Así, Bárbara y Cristina Gil de Biedma, su socia en Paisajismo CB, diseñaron un proyecto que bebe de la milenaria tradición persa del jardín, la cual tuvo una enorme influencia histórica y llegó a la península ibérica con la ocupación árabe. De hecho, de su denominación original pairi-daeza (espacio cerrado) se deriva la palabra “paraíso”. Desde siempre los jardines persas se han concebido para la calma y el recogimiento, y también para compartir los placeres de la vida en compañía de tus cercanos y el disfrute de los cinco sentidos.

Es lo que ocurre en este vergel proyectado por Bárbara y Cristina. Siguiendo el estilo persa, crearon un estructura en cuadrícula con un eje de simetría, sendas que permiten adentrarse en él y parterres con especies que aportan elementos clave de esta tradición oriental: la sombra, los colores y el aroma. “En primavera este jardín explota en color, con una gran cantidad de flores como lilos, salvias, viburnum, rosales y muchas más que llenan de vida y fragancia cada rincón”, nos cuenta Cristina.

En total, hay cinco variedades de rosas arbustivas y tres de rosas trepadoras. Generosa sombra otorgan pérgolas en arco cubiertas con parras y numerosos árboles: robles, manzanos, nogales, granados, castaños, etc., los cuales se sumaron al membrillo y el caqui que ya existían. Y añadieron varios cipreses, infaltables en un jardín persa. “Este árbol da la verticalidad, la ascensión, la mirada al cielo”, señala Bárbara. El agua, un imprescindible en este tipo de escenario, está presente en dos estanques que introducen el relajante sonido del agua.

Otro básico en estos jardines son los pabellones, estancias en cuyo interior se convive. Aquí se instalaron tres, que incluyen zonas de estar y de comer, cuyas estructuras de hierro se cubrirían de fragantes jazmines con el paso del tiempo. Posteriormente, las paisajistas diseñaron un huerto contiguo, con flores y hortalizas, que se integró con el proyecto anterior. “Los propietarios y nosotras entendemos los jardines de la misma manera: creemos que son para disfrutarlos todo el año, nos gusta vivir las estaciones en ellos, e intentamos que haya colorido en todas las temporadas”, concluyen.

jardín en gredos por las paisajistas bárbara saavedra y cristina gil de biedmapinterest
María Primo
Uno de los paseos que permiten recorrer el jardín a la sombra de pérgolas curvas cubiertas con parras. Bolas de lentisco forman una estructura perenne desde la base.
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María Primo
Un rincón con mesa y sillas invita a compartir respirando aire puro y el aroma de las flores. Está al fondo de uno de los senderos de gravilla flanqueado por especies como boj, anémonas e iris. Pérgolas en arco que se cubrieron de parra protegen del sol.
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María Primo
PLANO DEL JARDÍN. Al estilo persa, el jardín tiene una estructura cuadriculada con un eje central que deja lados simétricos. Justo en el eje hay dos estanques y, en un extremo, dos pabellones contiguos destinados a zonas de estar y de comer, y, en el lado opuesto, se puso un tercer pabellón. Tiempo después, junto al jardín, se instaló un huerto con flores y hortalizas.
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Bajo los manzanos y entre rosas Icebergs y bojs, las paisajistas Cristina Gil de Biedma y Bárbara Saavedra, de Paisajismo CB, en este jardín.
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Las numerosas especies florales traen una explosión de color. Aquí, rosas Charles de Mills y vivaces como el Centranthus Ruber Albus.
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Protegido por la sierra, el jardín goza de una suerte de microclima que aporta una humedad, acentuada por un arroyo cercano. Con tierra de buena calidad, está diseñado para integrarse con su entorno. Aquí, lentiscos que forman una estructura perenne, tres variedades de rosas, pérgolas cubiertas con parra, robles y, al fondo, los pinos del monte.
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Uno de los pabellones con estructura de hierro, por la que trepa un fragante jazmín, acoge un comedor al exterior, con el paisaje de Gredos como telón de fondo.

Buscamos la sombra, el color, el aroma, el sonido del agua... para todos los sentidos”.

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Dos bancos en el pabellón exento, rodeados de un castaño en flor, rosas Evelyn y Cécile Brünner, iris, anémonas y bojes.

La magia del agua

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Los estanques forman el eje central y tienen recirculación, aportando el relajante rumor de la fuente que fluye. Cuando no está activa, el agua quieta refleja el verde paisaje en su superficie.
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María Primo
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María Primo
Equináceas y Powis Castle en el huerto de flores que se hizo tiempo después del jardín.

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